domingo, 8 de enero de 2012
LAS VIRTUDES DE UNA ABUELA
Mi abuela tenía muchos dones ocultos. Sabía hablar y decirte las cosas sin tapujos; sabía escuchar sin quedarse en el mero oír; sabía decir te quiero cuando estaba triste y feliz y enfadada y melancólica; sabía hacer los mejores macarrones con carne del mundo; sabía abrazarte con todo el cuerpo haciéndose grande desde su pequeñez y sobre todo sabía reir. Su vida fue dura y difícil pues le tocó una época complicada. Emigró a Inglaterra para con su trabajo dar todo lo posible a sus tres hijos y creció como madre lejos de ellos. Regresó más tarde y siguió luchando. Le costaba leer y escribir pero se esforzaba mucho por entender el mundo de las palabras. Era una guerrera.
Recuerdo sentarme millones de veces en su cocina a leerle novelas de amor, y sentir desde mis oídos los relatos de su infancia. Recuerdo picar cebollas a su lado con los ojos enrojecidos y el olor a caldo desde el puchero gigante sobre el fuego de leña. Recuerdo tantas cosas a su lado que duele el simple hecho de saber que ya no habrá más.
Algunos familiares dicen que tengo cosas de ella, cosas bonitas como era todo su ser y aunque ni saqué sus ojos azules, ni soy rubia, ni coqueta, quiero pensar que su esencia late también por mis venas y mi sangre. La abuela se murió pero sigue conmigo y en mí al igual que con toda su familia.
Dicen que las cosas siempre salen como deben salir porque hay un curso marcado para cada hombre que no podemos olvidar. Esto no sé si será verdad o no y reconozco que apenas me consuela, pero quizás sí. Quizás el destino de cada uno ya está trazado de antemano y resulta muy difícil de cambiar.
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